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MIRECOLES, 20 DE March DEL 2019 Ultima Actualizacion 6:02PM

Lo degüellan en el pasillo de su picantería

2019-03-06 21:00:29

Apareció sobre un mar de sangre y el cuchillo a unos metros

En la transitada Av. Tomasa Tito Condemayta, bajo un cielo gris, transeúntes se llevaban las manos al ceño al escuchar el llanto de dolor y gritos de desgarro de “papá, papi, papito, no me dejes por favor, no me dejes, papá, papi…”.

Los sollozos eran de una de las hijas de Don Esteban Rivas Santos, de 55 años de edad, al verlo tendido en el piso con un gran corte en el cuello, inerte sobre una mar de sangre, con los ojos abiertos al cielo, con pijama, una toalla en el pecho, un balde blanco que dejaba de sostener con la mano izquierda.

La macabra escena se encerraba en un pasillo con puertas de vidrios y madera en los lados, unas gradas de cerámica que llevan a un segundo piso, y en el vano de una venta el arma homicida, un filudo cuchillo de 30 centímetros con la sangre del infortunado.

¿Quién o quiénes lo mataron? Durante la mañana nadie sabía del crimen que fue alrededor de las 06:30 horas, conocidos se asomaban a la puerta Nro. 1235 que en la parte superior tenía el gran cartel escrito “Bienvenidos a la Picantería del Inka”, un grupo de trabajadores llegaba como de costumbre a las 7 de la mañana. Todos absortos.

Policías armados colocaron cintas amarillas para perennizar la escena del crimen, al pasar los minutos se conoció que Don Sebastián era el propietario del local de venta de comida típica de Cusco, y cuidaba el establecimiento desde hace dos años pernoctando en el segundo nivel.

Las diligencias de médicos legistas, peritos en criminalística y fiscales se prolongaron, cerca del medio día los restos del empresario fueron sacados por una puerta posterior para ser internados en la morgue central y ser sometido a la necropsia de Ley.

En los accesos del local, Susana, una de las amigas de Esteban relataba en llanto que la víctima sospechaba su muerte un día antes “La vida nadie la tiene comprada, en cualquier rato nos puede pasar cualquier cosa” le decía a ella y otras mujeres con quienes realizaban trabajos.

La conversación surgió por la muerte de una persona que murió después de electrocutarse en una yunsada o cortamonte, en la que también decía que saldría adelante con la venta de comida y pagaría las deudas, incluso a ellas mismas.

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